Automovilistas y transeúntes

 Al conducir por cualquier vía con alta densidad de tránsito se esperaría que los peatones se protegieran al atravesar la calle, pero parece que jugaran a una suerte de toreo. Generalmente se lanzan a la calle con una decisión propia de la fiesta brava, con total desprecio por el derecho de vía que pueda tener un auto y por su propia vida, enseñando, además, a los niños que esa es la forma adecuada para enfrentar al tránsito.

Es pertinente indicar que en sociedades educadas el peatón tiene el paso preferencial, pero éste respeta las indicaciones y zonas de tránsito, como pasos de cebra y semáforos peatonales, y rara vez sobrepone su derecho al de los demás. En nuestra ciudad debido a que la cortesía de los conductores es mínima, el peatón responde con un criterio generalmente no muy bien educado.

Automovilistas y transeúntes

Pero cruzar una calle esperando que un automóvil frene riñe con la lógica, porque para evitar un accidente el carro tiene que estar en buenas condiciones mecánicas, responder bien al timón o a cualquier maniobra que evite el atropello.

Asimismo, es necesario que el conductor pueda hacer la maniobra y que haya lugar para ésta. Es decir, hay variables a considerar antes de desafiar a un auto para un ruedo callejero, del cual, ineludiblemente, el peatón tiene mínimas posibilidades de salir bien librado. De hecho, no sería extraño que el piloto asuma una conducta defensiva frente al peatón.

En nuestra sociedad, la señalización tiene carácter ornamental o referencial cuando se trata de solventar situaciones jurídicas, porque nadie acata las reglas. Entonces, es necesario recurrir al más primitivo de los recursos del ordenamiento, la obstrucción del paso. Así como es útil una barda para que los animales mostrencos no deambulen por donde provoquen problemas, es pertinente edificar cercos, paredes y setos para disponer el paso peatonal de una manera más segura.

Las pasarelas son duraderas y seguras, pero fácilmente se deduce que son utilizadas por menos del veinte por ciento de los peatones, porque carecen de un obstáculo que las haga obligatorias.

Si así es el caso, sólo sirven para que los vendedores informales pongan sus ventas a la sombra, por lo que se convierten en las sombrillas más caras de la ciudad, lo que desnaturaliza su razón de ser.

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